Ejemplo 1: empezar con poco, pero empezar pronto
Imagina a Laura, que tiene 25 años y decide invertir 100 euros al mes. No es una cantidad enorme, pero decide automatizar esa inversión y mantenerla durante 30 años.
Si obtiene un rendimiento medio anual del 6%, después de 30 años habría aportado 36.000 euros de su bolsillo. Pero su capital final podría estar cerca de 100.000 euros. Más de la mitad del resultado no vendría de sus aportaciones, sino del crecimiento acumulado.
Ejemplo 2: empezar tarde requiere más esfuerzo
Ahora imagina a Carlos, que empieza a invertir a los 40 años. Quiere alcanzar una cantidad parecida a la de Laura, pero tiene 15 años en lugar de 30.
Si invierte 100 euros al mes con el mismo rendimiento del 6% anual, después de 15 años habría aportado 18.000 euros y podría terminar con unos 29.000 euros. Es positivo, pero muy diferente. Para acercarse a los 100.000 euros en 15 años, tendría que invertir mucho más cada mes.
Ejemplo 3: la diferencia entre ahorrar e invertir
Ahorrar es necesario. Todos necesitamos dinero líquido para emergencias, gastos próximos y tranquilidad. Pero si tu dinero permanece durante muchos años en una cuenta que apenas genera intereses, puede perder poder adquisitivo por la inflación.
Si ahorras 200 euros al mes durante 25 años sin rendimiento, habrás acumulado 60.000 euros. Si inviertes esos mismos 200 euros al mes con un rendimiento medio anual del 6%, podrías llegar a unos 138.000 euros.
Ejemplo 4: una pequeña diferencia de rendimiento puede cambiar mucho
Supongamos que inviertes 300 euros al mes durante 30 años. Con un rendimiento medio anual del 4%, podrías terminar con unos 208.000 euros. Con un 6%, podrías terminar con unos 301.000 euros. Con un 8%, podrías superar los 447.000 euros.
La diferencia no está solo en el rendimiento anual. Está en cómo ese rendimiento se acumula durante décadas. Por eso los costes también importan: comisiones aparentemente pequeñas pueden reducir el resultado final cuando se mantienen durante muchos años.